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El cartón ya no vale lo que crees (y en Chile lo sabemos hace rato)

Durante años crecí, como muchas personas en Chile, con una idea que parecía indiscutible: estudiar era la forma de asegurar el futuro. Tener un título profesional no era solo una meta académica, era una promesa de estabilidad, un símbolo de avance y muchas veces, una forma de validación personal y social.


Ese relato todavía existe. Se sigue repitiendo en familias, colegios, universidades y discursos públicos. Pero, a mi juicio, hace rato que dejó de coincidir con la realidad.

No porque la educación haya dejado de importar, sino porque seguimos mirándola con una lógica antigua, como si el famoso “cartón” todavía tuviera el mismo valor que antes. Y no lo tiene.


Chile cambió de manera profunda en las últimas décadas. La expansión del acceso a la educación superior transformó el perfil del país y también el del mercado laboral. En 2010, el 22.4% de la fuerza laboral tenía educación superior completa; en 2025, esa cifra llegó al 41%. Esa masificación puede leerse como un avance, y en parte lo es, pero también tiene una consecuencia evidente, cuando algo deja de ser excepcional y se vuelve masivo, pierde parte de su capacidad de diferenciar. Ese es, precisamente, el corazón del problema.


Durante demasiado tiempo se instaló la idea de que estudiar era suficiente. Que el título, por sí solo, abría puertas. Que bastaba con “sacar una carrera” para asegurar cierto orden en la vida laboral. Pero el mercado ya no funciona así. Hoy el cartón, más que una ventaja, parece ser el nuevo requisito mínimo.


Y eso cambia todo, porque mientras seguimos repitiendo que estudiar garantiza mejores oportunidades, los datos muestran una realidad bastante más incómoda. En Chile, la tasa de desempleo entre personas con educación superior completa alcanzó un 8.1% en el trimestre marzo-mayo de 2025, el nivel más alto registrado fuera del período de pandemia según las referencias encontradas. Además, una nota periodística basada en cifras nacionales señaló que uno de cada tres desempleados en el país tiene título universitario.


Esa cifra, por sí sola, debería bastar para cuestionar varias certezas que seguimos arrastrando. Porque aquí no estamos hablando de personas que “no se esforzaron” o que “se equivocaron”. Estamos hablando, en muchos casos, de personas que hicieron exactamente lo que el sistema les dijo que hicieran: estudiar, titularse, especializarse, intentar encajar. Y, aun así, no encuentran trabajo o terminan aceptando empleos que no guardan relación con lo que estudiaron.


De hecho, la desconexión entre formación y empleo ya no es anecdótica. Un reporte citado en prensa sobre el mercado de la educación superior en Chile indicó que dos de cada cinco profesionales declaran que su trabajo actual tiene poca o nula relación con sus estudios, mientras que la mitad de la población activa dice sentirse sobrecalificada para el puesto que ocupa. En paralelo, un estudio académico sobre educación en el mercado laboral chileno concluyó que, en promedio, los trabajadores con educación superior catalogados como “sobreeducados” representaron el 37% de los ocupados con educación superior en el período 2003-2015, y que esa sobreeducación se asocia con menores salarios.


A mí me parece que ahí está una de las grandes fracturas del relato tradicional sobre la educación. Nos enseñaron a mirar el estudio como una inversión racional y casi lineal, estudias, te titulas, trabajas en eso, mejoras tus ingresos, avanzas. Pero la realidad actual es mucho más desordenada, más desigual y bastante menos romántica. Y, aun así, el sistema sigue operando como si nada hubiera cambiado.


Las universidades, institutos y centros de formación continúan ampliando oferta, abriendo carreras y multiplicando matrículas en un contexto donde ya existen señales muy fuertes de saturación y escasa pertinencia en varias trayectorias educativas. Un estudio preliminar de la Fiscalía Nacional Económica, difundido en prensa, sostuvo que un 35% de las carreras ofrecidas en Chile tiene retorno económico negativo. Eso significa, en términos brutales, que hay casos en que estudiar no mejora la situación económica de quienes ingresan a educación superior e incluso puede terminar perjudicándola.


No me parece una afirmación menor, porque pone en crisis no solo la promesa laboral del título, sino también la manera en que valorizamos socialmente el acto de estudiar. Durante años convertimos el cartón en una especie de fetiche: un símbolo de mérito, de inteligencia, de éxito proyectado. Pero cuando un sistema produce más credenciales de las que el mercado puede absorber con trabajos de calidad, lo que empieza a devaluarse no es el aprendizaje, sino el estatus asociado al diploma.


Ese fenómeno tiene nombre: “inflación de credenciales”. Un artículo académico en European Sociological Review explica que la expansión de la educación terciaria puede debilitar la asociación entre credenciales educativas y recompensas económicas, especialmente cuando aumenta la oferta de titulados. Además, una investigación reciente sobre egresados universitarios chilenos y estudios de posgrado concluyó que muchos de ellos buscan nuevas credenciales, para reforzar legitimidad y ventaja posicional en el mercado laboral, más que por una necesidad estrictamente formativa. Y eso también se siente en la práctica.


Cuando el título ya no alcanza, aparece una reacción casi automática: estudiar más. Más cursos, más diplomados, más certificaciones, más posgrados. No siempre porque exista un deseo genuino de profundizar en un campo, sino porque quedarse solo con una credencial parece insuficiente. Como si el sistema empujara permanentemente a acumular nuevos papeles para sostener un valor que se erosiona cada vez más rápido.


No digo esto desde afuera. Tampoco desde una postura antiestudio, porque no la tengo. Yo misma sigo estudiando y no tengo pensado dejar de hacerlo.

Pero creo que justamente por eso me parece importante decirlo con claridad, hoy no estudio porque crea ciegamente en la vieja promesa del cartón. No estudio porque piense que sumar títulos, por sí solo, va a ordenar mi futuro o garantizarme algo. Estudio por otras razones. Estudio para entender mejor, para expandir herramientas, para moverme con más criterio en un contexto que cambió demasiado como para quedarse quieta.


La diferencia, para mí, es esa, seguir estudiando no es lo mismo que seguir creyendo en el mito, porque el problema nunca ha sido aprender. El problema ha sido confundir aprendizaje con credencial. Hemos mezclado formación con estatus, conocimiento con validación, desarrollo con acumulación de diplomas. Y esa mezcla hoy cruje por todos lados.

Claro que la educación sigue teniendo valor. La propia OCDE señala que, en Chile, tener educación superior se asocia con menor desempleo que tener solo educación media: 5.5% versus 8.1% en el año reportado. También indica que quienes cuentan con educación superior ganan, en promedio, un 112% más que quienes solo tienen educación media superior. Sería absurdo negar esos datos, pero también sería ingenuo quedarse solo con ese promedio. Porque ese promedio no cuenta toda la historia. No dice cuáles carreras entregan realmente esas ventajas, en qué contextos se sostienen, qué pasa con quienes estudian en instituciones menos selectivas o en áreas con baja absorción laboral, ni tampoco cómo cambia el panorama cuando el mercado deja de valorar un título como señal suficiente. Estudios sobre Chile han mostrado justamente que los egresados de ciertas instituciones y trayectorias enfrentan mayores grados de subutilización de sus cualificaciones.


Ahí está, a mi juicio, el verdadero problema, seguimos hablándole a las personas sobre la educación con una lógica simplificada, casi publicitaria, cuando la realidad es mucho más compleja.

·       No todo cartón vale lo mismo.

·       No toda carrera ofrece las mismas oportunidades.

·       No toda trayectoria educativa se traduce en movilidad.

·       Y no toda experiencia de estudio produce valor real fuera del certificado.

Por eso creo que ya no basta con preguntarse si estudiar vale la pena. La pregunta más honesta, más incómoda y urgente es otra: ¿qué estamos valorando realmente cuando valoramos un título?


Porque si lo que seguimos premiando es solo la acumulación de credenciales, vamos a seguir reproduciendo un sistema donde cada vez se exige más para diferenciar cada vez menos. Un sistema donde el diploma funciona como filtro, pero no necesariamente como señal de capacidad. Un sistema donde muchas personas estudian por miedo a quedar fuera, no por convicción ni por sentido.


Y eso, para mí, no habla bien ni del mercado ni del modo en que hemos construido el prestigio de la educación en Chile.  Por eso sí, yo sigo estudiando, pero ya no lo hago creyendo que el cartón, por sí solo, hace el trabajo, lo hago sabiendo que el título ya no garantiza nada, que el mercado premia otras cosas, que la formación real no cabe en un certificado y que, muchas veces, el valor de una persona está bastante más allá de lo que puede colgar en la pared.


Entonces no, no creo que el error sea estudiar, el error fue convertir el cartón en una promesa que ya no puede cumplir.



 
 
 

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