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Chile está envejeciendo. ¿Estamos listos para acompañarlo?

Hace unas semanas, mientras diseñaba un programa de formación sobre atención a clientes del segmento 60+, algo me detuvo. No fue una idea nueva ni una estadística que no hubiera visto antes. Fue más bien la sensación de que estábamos hablando de un cambio que ya está ocurriendo, y que muchos de nosotros, y muchas organizaciones, todavía lo tratamos como algo lejano.


Me puse a revisar las pirámides poblacionales del INE y los protocolos del SENAMA, y las cifras me golpearon de una forma que no esperaba.


Para 2025, casi uno de cada cinco chilenos tendrá más de 60 años. Para 2050, serán uno de cada tres. La tasa de fecundidad cayó a 1,16 hijos por mujer en 2023, la mitad de lo que era en 1992. En marzo de 2024 nacieron un 27% menos de niños que el año anterior. Y se estima que desde 2028 habrá más adultos mayores que niños en el país.


No es una proyección abstracta. Es la descripción de una sociedad que ya está cambiando de forma, y que nos exige cambiar con ella.


Lo que me llamó la atención mientras investigaba no fueron solo los números, sino lo que implican para quienes trabajamos en formación y desarrollo de personas. Cuando atendemos a una organización, solemos pensar en equipos jóvenes, en incorporar talento nuevo, en preparar a las generaciones que vienen. Pero el Chile que se viene nos pide ampliar esa mirada en dos direcciones al mismo tiempo: hacia los colaboradores que envejecen dentro de las organizaciones, y hacia los clientes o usuarios que cada vez más pertenecen a este segmento.


El SENAMA ha avanzado en estándares para establecimientos de larga estadía y en protocolos de buen trato, pero esos marcos están pensados principalmente para el sistema de cuidado institucional. Las empresas privadas, los equipos de atención, los profesionales de recursos humanos, estamos en un territorio mucho menos regulado y, por eso mismo, con más responsabilidad propia.


¿Qué significa atender bien a una persona de 70 años que interactúa con nuestros canales de servicio? ¿Cómo diseñamos capacitaciones para equipos mixtos donde conviven cuatro generaciones? ¿Qué pasa con los colaboradores mayores que sienten que los procesos digitales los dejan atrás?


Estas no son preguntas retóricas. Son preguntas concretas que ya tienen consecuencias en la experiencia de las personas, en la rotación de equipos, en la reputación de las organizaciones. Y, sin embargo, pocas áreas de recursos humanos las tienen en su agenda de forma explícita. No porque no importen, sino porque el día a día no deja espacio para mirar más lejos.


El envejecimiento poblacional no es solo un desafío demográfico. Es una invitación a revisar cómo diseñamos experiencias, cómo formamos a nuestros equipos y cómo entendemos la diversidad, no solo en términos de género o cultura, sino también de edad y de etapa vital.


Me quedo pensando en eso. Y me pregunto cuántas organizaciones están teniendo esta conversación hoy, antes de que los números los obliguen a tenerla mañana.

 
 
 

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